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Ocho de la madrugada

Domingo ocho de la madrugada, o de la mañana, dependiendo las circunstancias del despertar. Hace más de media hora, los llantos del lactante Vicente irrumpieron en la casa ubicada en la calle Camarones del porteño bario de Villa Santa Rita.
Julio, el padre, tras perder la contienda con su mujer, no tuvo mas remedio, que levantarse y encarar al pequeño, que a esta altura ya estaba desarmando la cuna con intenciones de ir a preparase el mismo su desayuno.
Con los ojos pegados una sola media y medio babeado, el progenitor bajó la escalera y se dirigió torpemente hasta la cocina, puso la mamadera en el microondas, apoyo la cabeza contra la heladera y espero el minuto correspondiente, el sonido del aparato al terminar, lo despertó, había sido una corto sueño, un bostezo casi le saca la mandíbula de lugar, saco la mema y para su asombro estaba vacía.
Así que previamente llenarla de leche, la volvió a calentar.
Mientras el mamífero en formación se prendía del chupón y tragaba de lo lindo, Julio se apronto y preparo el carrito para un paseo matutino.
Incluyo un pañal de emergencia, el vasito de tapa hermética con agua, un peluche con forma de insecto y un porro armado, para él.
La caras eran las de siempre, viejos, siempre los viejos y ese afán de llegar primeros que el almacenero, acelerando el paso en los metros finales a la panadería, en el puesto de diarios las primeras discusiones de futbol.
En la casa de Claudio, sobre la calle San Blas casi esquina Condarco, del mismo barrio, se vivía una situación similar, con sutiles diferencias.
En la pareja los dos eran contadores y todo estaba mas prolijo y organizado, sonaba la radio despertador e inmediatamente y sin chistar, sabiendo de antemano a quien le tocaba hoy según la disposición vigente, se calzaban prolijamente las pantuflas y con el salto de cama sobre el pijama se iban directo a la cocina, la leche se calentaba en un jarrito y luego se pasaba a la mema, como dictan las ultimas tendencias sobre salud infantil.
Recién entonces se despertaba con suave canto a Ramiro que dulcemente recibía el desayuno en su cuna.
Se aprontaba el carro, con el bolso del bebe que incluía lo ultimó en moda, hasta una especie de nebulizador a pedal, por si justo en la vuelta manzana se le daba por tener tos.

Por circunstancias fortuitas, ambos padres con su respectiva prole terminaron sentados en el mismo umbral de un edificio de tres pisos.
Rápidamente y mas por obligación que otra cosa, entraron en confianza mediante el protocolo concurrente, ¿cuanto tiene, es el primero, no largo el chupete, y las vacunas?
Se los veía rozagantes, sentados con los brazos hacia tras como respaldo, hamacando con los pies a sus respectivos herederos, cayendo en lugares inevitablemente comunes, como te cambia la vida, ahora hay que ponerse las pilas, es como encontrarle sentido a la cosa.
De apoco la charla paso de lo general a lo personal, política, mujeres y futbol primero, trabajo, esposas y tiempo libre después.
En un momento y aprovechando un incomodo silencio, Julio le pregunto respetuosamente si le molestaba que se prendiera el porro que había traído. Claudio exagero un gesto de displicencia y le confesó a su flamante compañero de paseos infantiles, que el no fumaba desde que se caso, por que su mujer odiaba todo lo referido al asunto.
Ramiro se había quedado dormido maravillado por el reflejo del sol entre las ramas de un árbol que había levantado con las raíces toda la vereda, Vicente, por su parte, mordisqueaba frenéticamente su insecto de peluche.
Tras discusiones, desde lo filosófico a simples bravuconadas, Claudio accedió a darle una secas al faso y en eso estaban cuando a lo lejos se empezó a sentir música electrónica que se aproximaba, los ruido provenían de un auto tuneado que rápidamente llego y estaciono de golpe a una casa de donde estaban ellos.
Nada en este mundo podía perturbar la paz interior de aquellos dos padres, autocomplacientes consigo mismos y a su vez uno con el otro se palmeaban las espaldas por lo maravilloso de ser padres y encarar esta etapa tan dichosa de la adultez, claro con algunos males menores como la falta de sueño o los estados de animo de las madres.
Pero si hay un rasgo que lo identifica a dios, es sin duda el cinismo tanto como la imaginación, de aquella cupe con vidrios negros, alerón y música a toda jareta, descendieron dos adolescentes con claros signos de embriaguez y la ropa justa, casi imprescindible.
El auto arranco raudamente y las mocosas se despidieron tirando besos y en medio de risotadas se perdieron tras la puerta, bajo la mirada obsesiva, casi perversa de ambos padres, que quedaron mudos y de boca abierta, como los peces que ven alejarse a un compañero que logro morder la lombriz y es arrastrado a la superficie con anzuelo y todo.
Un largo silencio se extendió entre aquellos, hasta hace segundos, complacidos eslabones fuerte de la sociedad.
Claudio soltó una suspiro y golpeo en el hombro a Julio, pero este gesto envolvía la compañía en la pena conjunta y ya no tenia la aprobación como destino.
Y bue, dijo finalmente Julio, a todos nos llega, en ese instante y como por obra del señor, Vicente se desgracio de una manera inquevoca de que el cambio de pañales no iba a ser cosa agradable.
Claudio pego un salto ante la mirada sorprendida de su compañero y tras señalar a la esquina, donde estaba parada una mujer con los brazos en forma de jarra y marcando el ritmo con el pie propio de la impaciencia, se alejo despidiéndose con de lejos rápidamente y con algo de culpa.
Producto del faso o por los nervios de caer en la cuenta del atraso que llevo a su mujer a aparecer, claudio recorrió como treinta metros hasta notar que algo le faltaba, cuando giro pálido por el olvido, ya estaba Julio con el carro de Ramiro a su a alcance, se despidieron, ahora si, mas calidamente y julio le dijo parafraseando irónicamente a Humphrey Bogart, “este es el comienzo de una hermosa amistad”.

1 comentarios:

polanszky dijo...

Muy, muy bueno Juan. No sé, me imaginé los primeros 20 minutos de una película muy buena. Está muy bueno el ritmo y contraste que aparecen en el momento justo.
Aparte del comentario técnico (le pregunté al tío),
te hace sentir que se te viene el techo encima.
Y pienso (para usar al menos la tasa básica de tener el combo cerebro, sentimientos, conciencia y libre albedrío), que las cosas que nos pasan o decidimos, a veces nos pasan o las decidimos a la luz de razones rígidas. Porque pasan o las decidimos, y resultan en algo, que es algo que está ahí realmente, mientras que la causa, el plan, ya no están ahí.
Y en el plan, por mejor elucubrado que estuviera, no está prevista la vida. La vida, que juzgamos desde el lugar del consumo permanente, no está ahí en el plan de la humanidad, nosotros en todo caso estamos en el plan de la vida. Aunque creo que la vida no es de las que hacen planes.