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La piedra que fue lanzada primero

Rutinarias mañanas alemanas, se viven en el post moderno hogar de los Wilder; una familia tipo, compuesta por la pareja de treinta y pico y su hijo de tres años, residentes de Karslurge, un distrito urbano al suroeste del país.
El rito del desayuno es llevado en silencio, se puede oír la cuchara revolviendo el café, la tostadora expulsando el pan, el click del Mouse, del padre leyendo las noticias en internet.
Sentado de piernas cruzadas en el suelo, el pequeño Kevin, mira, casi pegado al televisor, los dibujos animados, la madre se había resignado a perder la batalla para que se sentara en el sillón a una distancia más prudencial.
La charla de los adultos se limitaba a lo cotidiano y elemental, al niño no hay manera de sacarle una palabra, apenas un gesto les dedicaba a sus padres cuando lo besaban en la cabeza para despedirse rumbo al trabajo, sin dejar de estar abstraído por el plasma de abundantes pulgadas.
La cuestión de la falta de expresión oral del niño, ya había sido expuesta ante pediatras, sicólogos, otorrinolaringólogos, homeópatas, etc. Pero no había caso, solamente, cerca de las nueve de la mañana, hora en que los padres se aprontaban para irse y al advertir los movimientos, impaciente, pronunciaba el único vocablo que se le conocía, Ema.
Ema era la empleada domestica, una mujer robusta de baja estatura, tez trigueña con el pelo negro y enrulado, nacida en Santiago del Estero, una provincia de Argentina, en America del sur, todo una rareza en estas regiones.
La contratación de una mujer latinoamericana para el cuidado del menor, ni por asomo fue una casualidad y dio lugar a largas discusiones entre los padres.
En primer lugar por el escueto vocabulario que la señora dominaba, analfabeta en su lengua natal y apenas instruida en el lenguaje germánico, sumado esto a los trastornos expresivos del niño, no parecía la mejor opción, en este punto los padres coincidían.
El segundo asunto fue el motivo de disputa, a papa le aterraba la idea de exponer al pequeño a alguien tan ligado a su pasado reciente, presa de un sentimiento de culpa ineludible, basado en el secreto familiar que rodeaba la repentina llegada del menor al hogar.
Para mama, en cambio, era este aspecto el que la llevaba a empujar la decisión positivamente, ella estaba convencida que negarle al niño la posibilidad de estar remotamente cerca de su origen seria un error para su formación identitaria y en realidad estaba menos invadida por la culpa, ella estaba convencida que todo lo actuado estaba justificado por el fin y ese objetivo, no era otra que lo mejor para Kevin.
Así, a pesar de las extrañas circunstancias que los juntaron, lejos de sus países natales, Kevin y Ema lograban una conectar maravillosamente viviendo momentos plenos en mutua compañía.
En cuanto el matrimonio se retiraba, el niño corría tras Ema y con fascinación seguía cada uno de los movimientos de su maciza compañera, ella le cantaba en español canciones de folklore y hasta algunas cumbias, estas últimas, las predilectas del infante.
Terminadas las tareas en los cuartos, ambos se adentraban en la cocina. Para deleite de Kevin la casa se llenaba de olores y perdía, por un rato, su artificial asepsia, Ema lo dejaba, criteriosamente, que se meta a revolver el bajo mesada para sacar toda la batería de cocina y hacer con ella un sin fin de juegos y estruendos, cada tanto la paciencia de la mujer se colmaba y gritaba como loca, por un segundo todo quedaba detenido, hasta el guiso parecía suspender el hervor, y luego ambos se miraban muy serios y estallaban en risas estrepitosas hasta las lagrimas.
A las doce del mediodía, casi metódicamente Kevin corría hasta la tele y señalaba impaciente la pantalla, Ema dejaba caer su humanidad en el sillón y con la mano en la que no tenia el repasador tomaba el control remoto para dar con el canal que daba los tres chiflados.
Había que verlos reír al unísono, contagiándose mutuamente las carcajadas. Luego del almuerzo, el contagio pasaba por los bostezos, Ema acostaba al pequeño para que tome su siesta y aprovecha la tranquilidad para poner alguna novela y dedicarse al planchado.
Ella tenía sus sospechas sobre las condiciones de adopción de Kevin, pero ante de emitir juicio al respecto, se reprimía, en parte por su crianza cristiana y en parte por que no tenia claro si la forma podía afectar al fondo de la cuestión.
Una vecina de junto, bastante chismosa, la había encarado una vez mientras sacaba la basura, y dio suelta a todas sus conjeturas al respecto del asunto. Ema, en realidad no entendió ni la mitad de lo expuesto, pero sin duda, no hacia falta ser un detective para pensar que adoptar a un chico de otro continente era por lo menos, un tanto intrincado.
Pero hasta ahí dejaba volar su imaginación, por que los Wilder trataban de darle lo mejor al niño y se desvivían por el.

A mas de doce mil kilómetros de distancia, en la ciudad de Montevideo son las veintiuna y ya anocheció, una muchacha adicta a la pasta base, pastabasera, sube a un ómnibus a pedir limosna, su aspecto se ha ido deteriorando en los últimos años que lleva viviendo en la calle, producto propio de su adicción sumado a violaciones y abusos que sufre a menudo.
Al guarda del bus, le llama particularmente la atención sobre los demás adictos que andan en la vuelta, en parte por que tiene un dejo, bajo la mugre y los harapos, de singular belleza, y un aire místico que la da su perpetua tristeza, sin duda en algún momento debe haber sido una chica agraciada.
De hecho una pasajera le contó una vez, que había sido vecina de la muchacha, que era una botija bien de bien, trabaja y se había casado muy jovencita. Luego su marido dado a la bebida la celaba mucho y cuando ella quedo embarazada, comenzó a enloquecer convencido de que el hijo no era suyo, hasta que la abandono, dejando tras su huida, moretones y hemorragias, pero ningún dato para que ella pudiera encontrarlo.
El final del embarazo la encontró sumida en la pobreza, la familia era del interior del país y ni estaban enterados de la situación, ella se había escapado de la casa para venirse acá.
Luego empezaron a frecuentar la casa caras extrañas, puro malandros, se empezó a rumorear que la chica se prostituia, con el bebe durmiendo en una cuna que yo misma le di, por caridad.
El dueño de la casa la desalojo cuando se apilaron los alquileres sin pagar, la verdad que nadie en el barrio se quiso involucrar.
Yo misma, ni le reclame la cuna y cuando quise llevarle comida mi marido no me dejo.
La dejamos de ver por unos meses y después nos enteramos que había dado al bebe o algo así, yo creo que lo vendió a alguna de esas sectas, dios quiera que me equivoque.
Sea como sea, por eso anda siempre llorando, para colmo se metió en la droga y cartón lleno.
La chica deambulo por el pasillos del ómnibus, estaba con una remera agujereada y daba frío solo mirarla, flaca y con la mirada perdida paso por delante del guarda, este la miro y pudo leer un tatuaje tumbero en su brazo derecho, dentro de un a corazón mal dibujado se veía borroso el nombre de Kevin.

1 comentarios:

polanszky dijo...

Bien Chujman!
Mi crítica está contaminada por que tengo un sueño.
Perdón, porque tengo un sueño bárbaro. En fin estoy para acostarme y de mal humor.
Aquella se calentó en clase y no fuimos al parto.
No perdón, se enojó y no fuimos a la clase de parto.
Se enojó conmigo porque me enojé con Tiago porque me jopió una hora de play (jugó una hora de más y se hacía el gil discutiéndome los minutos).
Es así que terminé entrando al blog. ¡¡¡Estás produciendo guacho!!! Así me gusta.
Arriba!!
Un tipo me pidió unas ilustraciones para unos personajes de unos cuentos que publica en un blog. No le cuadraron los dibujos pero capaz que me manda cambios. Igual no me coparon mucho los cuentos.
A ver cuando hacemos algún enjuague de historias y dibujos. Tengo ganas de hacer personajes pero que no me paguen, y me digan cambiale esto o aquello, hacele el pelo lacio, o la corbata arrollada.