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Dulce infarto

Jaime, regresaba a su hogar como todos los días después del trabajo, conducía su falcón del sesenta y siete, acompañando el ritmo del tránsito, que a esa hora del atardecer, apenas fluía lento en pesadas oleadas.
La radio y la luz interior encendidas eran parte de su rutina, por lo general dejaba descansar los brazos pesadamente sobre el volante, señal de lo abatido por su jornada, la radio nacional a esa hora siempre daba el noticiero.
Como tanta gente, se había detenido en una época de su vida y luego, vistió siempre como estaba de moda en ese entonces, prefiere aquella música, añora futbolistas, boxeadores, poetas con melancolía, por ahí lo que extraña es a si mismo en aquellos días. Es que con los años se ha ido convirtiendo en un personaje secundario de su propia historia, impotente por el miedo, sumiso ante los aconteceres de la vida, sin tomar parte como si de otro fulano se tratara.
Desde que se casó, ha vivido para los demás, se limitó a hacerle caso a su mujer, su jefe, su cardiólogo, sus hijos.
Esta tarde el jefe de recursos humanos, una incorporación reciente en la empresa, muchacho de veinte y pocos años, le comunico que finalmente no iban a requerir más de sus servicios una vez que se jubilara, hecho a pocas semanas de ocurrir y dándole un golpecito en el hombro, lo acompaño hasta la puerta de la oficina sin estrecharle la mano y con una frase propia del abuso de confianza.
Realmente Jaime no tenía ninguna intención de continuar con aquella labor, pero, había rogado que le dejaran en su puesto, para poder ayudar a su hija que eligió un mal marido, por el bien de sus nietas y el de su hijo, que cada tanto lo llama desde ningún sitio para pedirle dinero.
Mientras salía arrastrando los pies, algo paso dentro de el, su orgullo somnoliento pego un zarpaso, como el oso que se despierta de mal humor después de un largo ivernar.
Se dio vuelta, relojeó al joven y ahí nomás la rajo una puteada, lastima que por los nervios y la falta de practica, no sonó del todo bien.
Salio a la calle y de tan fuerte que le latía el corazón, pensó que se estaba infartando, inhalo y exhalo varias veces, notando que todo estaba bien, de hecho ya no se acordaba cuando se había sentido tan bien.
Cruzo sin mirar y paso frente a su auto estacionado como si nada, un pensamiento egoísta lo llevaba más allá, en ese instante no sabia si seria capaz de llevarlo a cabo.
Pero ahora de vuelta a su regreso a casa y con el hecho cometido, presa de la emoción llevó la mano a la perilla del dial y buceó hasta encontrar una emisora que inundó todo el coche de jazz, casi sin darse cuenta empezó a marcar el ritmo de la música con los dedos y hasta tarareó la melodía.
Podía oler y saborear el pecado fresco, asombrosamente sin culpa, desconfiaba de la tardanza en aflorar de ese comportamiento de su conciencia judía.
No obstante opto por entregarse a su bienestar no importaba lo efímero que pudiera resultar, cerró fuerte los ojos para descansarlos y cuando los abrió noto extrañado las diversas formas de los focos de los coches, parecían cardúmenes de peces rojos parpadeantes en ese mar de acero y pavimento. Nunca antes se había detenido en lo bello de aquel espectáculo, sin duda le había pegado fuerte su descaro de hace un rato.
Un bocinazo lo saco de su abstracción y tuvo que reanudar la marcha, aunque su mente se escapaba constantemente a lo ocurrido.
Así de repentina, como vino se fue, su algarabía, mutandó en una serie de remordimientos, viejos conocidos, dejando a su paso un sabor margo en el paladar reemplazando a su dulce antecesor.
Comenzó a transpirar y calculo que sin duda ahora si le daba un patatús, que lastima morirse sin gozarla, por que no me quede duro en pleno acto, afligido pensó.
Estaba a cuadras de llegar a su casa y ya se había ensayado mentalmente excusas para su llegada tarde, disculpas racionales que pudieran tapar toda huella del crimen. Se detuvo unos metros antes de la entrada y se miro al espejo a ver si algún rastro lo podía delatar.
Entonces una loca idea lo atravesó como un escalofrío, que pasaba si no ocultaba nada, al fin y al cabo siempre estaba tratando de contentar a dios y al diablo, y ninguno le pagaba bien, que pasaba si se animaba a ser un poco mas egoísta y tirar para él, además estaba orgulloso de su desempeño, la verdad que la chica lo había tenido que ayudar y bastante, pero su hombría había quedado bien parada en la cancha.
Estaba metiendo el auto en el garaje al frente de su casa, jugando con estas cuestiones, cuando Marta, su mujer, salió a recibirlo, llevaba puesto el delantal de cocina y un repasador en la mano.
La hora de las suposiciones quedaban atrás, lo hecho, hecho estaba y el debía tratar de convivir con ello en secreto o darle rienda suelta a este extraño huésped que se había apoderado de su cuerpo y alma, por lo menos por un rato.
No hay que desmerecer la imagen de autoridad que pueden proyectar algunas mujeres de carácter y delantal, reflexiono al tiempo que su nuevo yo lo miraba de reojo como a quien se le adivina que no le va a dar la nafta para la bravuconeada planeada.
El bajó torpemente del coche, la saludó con un beso en la frente, y entró medio a la carrera con la mirada en el suelo, como un guri retado.
Marta amago a entrar tras de el, pero retrocedió y desde el umbral le pegó el grito, ¡Jaime te has dejado la radio encendida!,
A él le pareció un buen momento para tener ese infarto tan postergado durante el día, pero no ocurrió, no se iba a salvar tan fácilmente, dejó su abrigo y su sombrero en el perchero, y se apresuró a salir para apagar el artefacto, ante la mirada vigilante de ella.
Velozmente se fue al baño, se miró en el espejo del botiquín y se asombró de que su sonrisa de niño travieso, aun siguiera allí, inalterable a pesar del peligro próximo, rápidamente se metió en la ducha se borro todo indicio de pasión que la joven meretriz le hubiera dejado en el cuero.
Cuando regresó al comedor, la sopa de kneidalaj estaba pronta echando vapor que trepaba hasta la araña, se apresuro a comer un bocado que la sabio amargo, Marta lo miro severamente y comenzó con el rezo de agradecer los alimentos, pasada la formalidad ambos comenzaron a cenar.
A Jaime le seguía pareciendo amarga la comida, pero no le pareció, en cambio, un buen momento para el comentario.
Marta tragaba de una manera poco habitual en ella como si estuviera comiendo presa de un hambre voraz u obligada por otra razón.
El tampoco dijo nada al respecto, con dificultad se termino su plato, ella estaba muy callada y el se debatía internamente entre sonreír abiertamente o seguir a la expectativa con cara de cuatro de copas.
Hábilmente Jaime apuro la sobre mesa y se fue directo a la cama, ella no tardo mucho mas en acostarse.
No paso mucho rato y el se tuvo que levantar para ir al baño, realmente algo le había caído mal, quizá los nervios.
Sentado en el water, recordó de pronto que aquella mañana al llegar al trabajo un compañero le había pasado la tarjeta del pirulo donde su fechoría había tenido lugar, se levanto de un salto y salio raudo al comedor, busco en los bolsillos de su abrigo, pero no encontró nada, la urgencia lo llevo de vuelta al baño.
En medio de los retorcijones, se tranquilizo pensando que el papel había caído seguramente en la acera.
Se acostó adolorido del vientre y apagó su velador, entonces Marta encendió el suyo, el se sentó y le preguntó si sentía mal también.
Ella abrió el cajón de la mesita de luz y extrajo la tarjeta, se la exhibió y lo acuso, es esto lo que buscas, preguntó bruscamente.
A el le dio un retortijón tan fuerte que pensó en el infarto oportuno, pero no supo que responder, simplemente se retorció de dolor bajo las sabanas, al tiempo que ella vomito al costado en medio de una frase in entendible, el le repregunto, ¡que has dicho cosa Marta! Y ella sentenció, yo te avise que si algún día descubría que me engañabas te mataba.
Y esto fue lo último que el escucho.
Al otro día un vecino llamo a la policía, asombrado de no ver movimiento en todo el día.
El forense informó sobre dos cadáveres, ambos decesos producidos por envenenamiento, lo cual produjo un paro cardiorrespiratorio severo, lo comúnmente conocido como infarto.

1 comentarios:

gloria dijo...

Me pareció muy bien dosificado el suspenso, en todo momento parece que está por suceder algo, y sucede que no,y se avecina otra cosa y tampoco, y en esas idas y venidas, a uno lo encuentran desprevenido con el final que se viene encima.
Gloria